Querida Madre,
Hoy te escribo para contarte una gran noticia. ¡He conseguido trabajar con las aseguradoras! Imagínate: Nuestro taller lleno de clientes, sin los altibajos de siempre. Ahora podré ofrecer una estabilidad que siempre quise para el negocio. Al fin y al cabo, trabajar con aseguradoras es el sueño de cualquier taller. Madre, estoy seguro de que, con este paso, todo nuestro esfuerzo será recompensado. Por fin podremos estar tranquilos.
Querida madre,
Las cosas no son exactamente como imaginaba. Las aseguradoras nos exigen el 15% de descuento en la mano de obra para cada reparación. Es frustrante, pero pensé que compensaría con el volumen de trabajo que prometieron. Sin embargo, empiezo a sentirme agotado, como si el esfuerzo que hago nunca fuera suficiente. Los clientes se quejan porque ya no siempre puedo ofrecerles piezas originales y, algunos, hasta me miran con desconfianza. Confío en que las cosas mejoren pronto.
Querida madre,
No te voy a mentir, me siento muy agobiado. Las aseguradoras ya no solo piden descuentos, ahora exigen que use piezas de segunda mano o de baja calidad para reducir costes. Intento explicarles a los clientes, pero muchos se van insatisfechos, y me duele. Además, he notado que los peritos ya no son los mismos de antes. Antes evaluaban los daños con justicia, pero ahora, parece que solo siguen las instrucciones de las aseguradoras. Ya no son independientes, madre, y eso me hace sentir atrapado, sin opciones para defender mi trabajo y mi dignidad.
Madre,
Estoy completamente exhausto. Las aseguradoras no dejan de bajar los precios que me pagan, y cada vez me presionan más para usar recambios de desguace. Los peritos, que antes eran amigos y colaboradores, ahora vienen solo para “cumplir” con las aseguradoras. Se han vuelto fríos y distantes; cuando hablo de lo que el coche necesita realmente, ni siquiera me escuchan. Parecen seguir un guion, solo preocupados en recortar gastos. Me siento extorsionado y controlado, madre, y ya no duermo bien. El taller está lejos de ser el sueño que imaginé; más bien es una pesadilla de la que no encuentro salida.
Querida madre,
Estoy en un pozo. Las aseguradoras ya no solo exigen, ahora hasta amenazan con desviar a mis clientes si no acepto sus condiciones. Dicen que si no bajo aún más los precios y utilizo los recambios que ellos imponen, los peritos no vendrán o se retrasarán. Algunos clientes se asustan y prefieren ir a otro taller. El negocio se ha convertido en una batalla diaria, en la que siento que he perdido completamente el control. Madre, ya ni siquiera me siento dueño de mi propio trabajo. Los peritos, a quienes alguna vez consideré aliados, me tratan como si yo fuera el problema, sin reconocer el desgaste al que me están sometiendo.
No he tenido una noche de descanso en meses. A veces, me siento enfermo de tanta presión. Me da rabia, tristeza y frustración. No sé cuánto más podré soportar.
Madre,
Esta es mi última carta. He decidido dejar el taller y alejarme de las aseguradoras. Me han destruido física y emocionalmente. He perdido clientes, amigos, y hasta a mí mismo. Los peritos dejaron de ser imparciales, y ya no puedo confiar en nada ni en nadie dentro de este negocio. Siento que he fracasado, pero al menos quiero recuperar mi dignidad y mi paz.
Lo que más me entristece es que muchos usuarios de seguros no son conscientes de su derecho a la elección de taller, un derecho que deberían hacer valer para asegurarse la calidad en la reparación de su vehículo. Quizá si lo supieran, no estaría ahora en esta situación, tratando de explicar una y otra vez a los clientes que no es mi culpa.
Voy a empezar desde cero, aunque sea fuera de este sueño que se volvió mi pesadilla. Madre, espero que puedas entenderme.
Con todo mi amor,
Don Reparador
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